Catedra Libre De Derechos Humanos

UCV

DIGNIDAD HUMANA Y VÍCTIMAS

Posted by clddhh.ucv en mayo 17, 2012

Cada año, alrededor del mundo, más de un billón de personas sufren daños como resultado del delito. Millones más son víctimas del abuso de poder y terrorismo (Yael Daniele, 2010). En América Latina 350 personas son asesinadas, en promedio, cada día (BID, 2012). En Venezuela la extensión del problema de la victimización delictiva es abrumante, según la ENVPSC la tasa de victimización por homicidio a nivel nacional era de 75 por cada 100 mil/h en 2008 (INE, 2009) y el crecimiento de la tasa de homicidios  por cada 100 mil/h ha sido de 13  en 1990  a 57 en 2010 (OVV, 2011); es decir, que en 20 años se han incrementado las muertes violentas en mas de 400%.

Cuando reflexionamos sobre las respuestas que la sociedad y el Sistema de Justicia han dado a las víctimas y a los victimarios penales, pudiéramos concluir que ambos  han  sido “utilizados” por los primeros. A las víctimas las ha dejado sin voz ni voto, como simples testigos u obreros del proceso y, al delincuente o victimario como chivo expiatorio de un orden social y económico excluyente; a pesar de que ambos tienen reconocidos derechos y deberes como ciudadanos,  así como también como actores del Sistema Penal. Sin embargo, no hemos logrado elaborar una Política Nacional de prevención adecuada de la victimización penal para, al menos reducir su incremento, ni hemos alcanzado ofrecer remedios que le permitan a la víctima recuperarse de los efectos dañinos derivados del delito y  de la violación de derechos humanos y al victimario reintegrarse a su familia y comunidad sin etiquetas ofensivas sino como una persona que cometió un grave error, pero que es capaz de continuar su vida interactuando adecuadamente con los demás. Tanto la sociedad como el Estado los victimizan, una y otra vez. De esto,  todos somos responsables al olvidarnos del valor que cada uno de nosotros tiene.

Sólo reconociendo nuestra verdadera esencia de ser humanos dotados de un valor extraordinario, podremos “empoderarnos” y protegernos de la vulneración de lo más humano que hay en nosotros: nuestra dignidad. Develar el velo que hemos colocado a nuestra dignidad, condición que todos poseemos, víctimas y victimarios, nos permitirá  reconocernos en el otro y establecer interacciones más respetuosas y humanas. Asidos de ella, transitaremos por caminos que nos lleven a transformar la cultura de la violencia en una cultura de paz, de justicia, de compasión por el sufrimiento del otro, de reconciliación y de perdón y, sobre todo, de respeto a uno mismo y a los demás.

A través del tiempo, el concepto de dignidad como el valor que se le reconoce a la persona humana y que ésta se reconoce a sí misma ha ido cambiando; así, por ejemplo, en la época antigua la dignidad del ser humano estaba vinculada a la fuerza, en la pre-moderna se le vinculaba a la religión (“el hombre es un ser excelente en cuanto ha sido creado por Dios”), mientras que en la moderna se deriva de su propia naturaleza humana (“el hombre es un ser excelente por los rasgos que derivan de su única naturaleza humana”) y se le desvincula paulatinamente de cualquier origen divino, quedando como un concepto secular. A esta última reformulación se le ha añadido una más profunda “Todo ser humano es un fin en sí mismo y no puede ser utilizado como medio para alcanzar otro fin”; es decir, no puede ser comprado, vendido. Así tenemos que Kant señaló que “…en el mundo todo tiene un precio, excepto la dignidad humana que es inestimable”.

Esta última postura sobre la dignidad humana fundamentada en el valor intrínseco, absoluto, ontológico, insustituible que le pertenece a todo ser humano y que la hace inviolable ha permitido que la misma pueda plasmarse en el ámbito de los derechos humanos. Además, esta  concepción de la dignidad humana, nos indica Pelé, no sólo tiene un alcance vertical (la superioridad de los seres humanos sobre los animales) sino también un alcance horizontal (la igualdad de los seres humanos entre ellos, sea cual sea el rango o rol que cada uno pueda desempeñar en la sociedad). De la igualdad de los miembros del género humano se deduce la necesidad de un trato mutuo respetuoso; trato reconocido en particular por las herramientas jurídicas que son los derechos humanos, los cuales no definen la dignidad, sino sus rasgos esenciales: que es innata (no se puede separar de su portador), inalienable y absoluta.

En resumen, consideramos que la dignidad es el reconocimiento en la persona del valor de ser humano. Alguien que no piense, no hable, no camine, alguien que sea víctima o victimario/a no dejará nunca de ser digno/a, así como tampoco dejará de ser humano/a.  Nuestra dignidad humana es una condición permanente. No debe confundirse con autoestima, con calidad de vida, entre otros conceptos a los que se ha vinculado. Ojala lleguemos pronto a comprender que cuando vulneramos al otro, nos vulneramos a nosotros mismos. Reconocer nuestra verdadera esencia es el primer paso para que los humanos dejemos de victimizarnos.

María Josefina Ferrer C.

mjferrerc@galac.com

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