Catedra Libre De Derechos Humanos

UCV

El juez hábil

Posted by clddhh.ucv en octubre 4, 2012

 

        León Tolstoi

 

El Emir de Argel, Bauakas, quiso cerciorarse de que no se exageraba al afirmar que en un lugar de la provincia había un juez extraordinariamente hábil y justo, que descubría siempre la verdad hasta el punto que nadie había logrado engañarle nuca.

Bauakas se disfrazó de comerciante y se presentó en el lugar donde habitaba el juez.

A la entrada del pueblo se encontró con un mendigo que le pidió limosna. Bauakas le dio unas monedas, e iba a proseguir su camino cuando el mendigo le cogió por una parte de su traje.

-¿Qué quieres? –le preguntó el Emir-. ¿No te he dado ya limosna?

-Me has dado limosna –respondió el mendigo-. Pero quiero que me hagas el favor de llevarme sobre tu caballo hasta la plaza, porque los demás caballos podrían pisotearme si tratase de llegar hasta allí por mí mismo.

Bauakas subió a la grupa al mendigo y le condujo hasta la plaza.

Allí detuvo el caballo, pero el mendigo no bajaba.

-¿Por qué no te mueves¿ -le dijo el Emir-. Baja hemos llegado.

-¿Por qué he de bajar? –le replicó el mendigo-. Esta caballo es mío. Si por las buenas no me lo dejas, el juez decidirá.

Muchas personas los rodeaban, escuchando la discusión.

-Id a casa del juez –les gritaron-. El os pondrá de acuerdo.

Bauakas y el mendigo fueron en casa del juez.

Había mucha gente en la sala; el juez llamaba por turno a los que ante él debían comparecer.

Antes de que al Emir le llegara el turno, el juez llamó ante sí a un sabio y a un mujik. Disputaban por una mujer.

El mujik afirmaba que era la suya; el sabio sostenía lo contrario y la reclamaba porque decía que le pertenecía.

El juez, después de oírles, guardó un momento de silencio. Después dijo:

-Dejad la mujer en mi casa y volved mañana.

Cuando aquéllos partieron, entraron un carnicero y un vendedor de

aceite. El carnicero estaba cubierto de manchas de sangre y el aceitero lleno

de manchas de aceite.

El carnicero llevaba dinero en la mano y el aceitero estrechaba la mano

del carnicero.

Éste decía:

-He comprado aceite a este hombre y sacaba mi bolsa para pagarle cuando me asió la mano para robarme el dinero; y ante ti hemos venido, yo con la bolsa y él sujetando mi mano. ¡El dinero me pertenece y él es un ladrón!

-No es cierto! –replicó el aceitero-. El carnicero quiso comprarme aceite y me rogó que le cambiase una moneda de oro; tomé el dinero y lo puse sobre el mostrador. Él se apoderó entonces de la bolsa y quiso huir, pero yo le cogí de la mano y aquí estamos.

Después de una pausa respondió el juez:

-Dejad el dinero en mi casa y volved mañana.

Cuando llegó la vez a Bauakas y al mendigo, el Emir refirió cómo había ocurrido el hecho. Le oyó el juez y cuando terminó pidió al mendigo que le diera su versión.

-Nada de lo que ha dicho es cierto –replicó éste-. Yo atravesaba el lugar montado en mi caballo, cuando él me pidió que le llevase a la plaza de la ciudad. Le hice subir sobre la grupa del animal y le conduje a donde quería ir, pero una vez llegados no quiso bajar, diciendo que el caballo era suyo, lo cual no es cierto.

Después de una pausa , dijo el juez:

-Dejad el caballo en mi casa y venid aquí mañana.

Al día siguiente, una gran multitud se reunió para conocer las decisiones del juez.

Llegaron el sabio y el mujik.

-Llévate la mujer –dijo el juez al sabio-, y que den cincuenta azotes al mujik.

El juez llamó al carnicero.

-Tuya es la bolsa –le dijo.

Y designando al vendedor de aceite:

-Que le den cincuenta azote –añadió.

Llegó la vez a Bauakas y al mendigo.

-Reconocerías a tu caballo entre otros veinte? –preguntó el juez al Emir.

-Lo reconocería.

-Y tú?

-También –dijo el mendigo.

-Sígueme –dijo el juez a Bauakas.

Fueron al establo; el Emir designó a su caballo entre otros veinte.

El juez llamó en seguida al mendigo y le ordenó que dijese cuál era su

animal.

El mendigo reconoció al caballo y le mostró. Volvieron todos a la sala y el juez dijo a Bauakas:

-Tuyo es el caballo. Ve por él.

E hizo dar cincuenta azotes al mendigo.

Después de esto el juez se volvió a su casa. Bauakas le siguió.

-¿Qué quieres? –le preguntó el juez-. ¿Te desagrada mi sentencia?

-Estoy muy satisfecho de ella –dijo el emir-. Sólo que quisiera saber cómo te has enterado que la mujer era del sabio y no del mujik; de que la bolsa era del carnicero y no del mercader; de que el caballo me pertenecía.

-He aquí cómo supe que la mujer era del sabio: por la mañana la llamé y le dije: “Echa tinta en el tintero.” Ella lo cogió, lo limpió apresuradamente y lo llenó de tinta. Esto quiere decir que estaba acostumbrada a hacerlo. Si hubiera sido la mujer del mujik no hubiese sabido como arreglárselas. De ahí deduje que el sabio tenía razón.

En cuanto al dinero, he aquí cómo supe la verdad: anoche puse la bolsa en un cubo de agua, y por la mañana fui a ver si en el agua flotaba aceite. Si el dinero hubiera sido del aceitero, el roce de sus manos aceitosas hubiera manchado la bolsa y algo de aceite hubiera quedado: como el agua estaba clara, el dinero pertenecía al carnicero. Respecto al caballo, era más difícil de resolver. El mendigo lo reconoció tan pronto como tú. Mas yo no os había sometido a la misma prueba. Os hice ir al establo par ver quien de los reconocía el caballo. Cuando tú te acercaste volvió la cabeza hacia ti, mientras que cuando se acercó el mendigo sólo movió la oreja y levantó la pata. He aquí cómo comprendí que tú eras el dueño del caballo.

Bauakas le dijo entonces:

-Yo no soy mercader, soy el emir Bauakas y he venido solamente para saber si lo que de ti se hablaba era cierto. Ahora veo que eres un sabio y un hábil juez. Pídeme lo que quieras y te lo concederé.

-Ninguna recompensa necesito –respondió el juez-. Me basta con oír tus alabanzas. 

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